
En una de las versiones de la mitología griega, se trata de Mirtilo, hijo de Hermes y de Fetusa, cochero de Enómao. La hija de este último, Hipodamía, tenía muchos pretendientes pero su padre, para deshacerse de ellos, los retaba a una carrera de carros. Lo que no sabían sus contrincantes era que sus caballos eran divinos y siempre vencían. El castigo por la derrota era la muerte. Un día se presentó Pélope, de quien la joven Hipodamia se enamoró inmediatamente, y juntos sobornaron a Mirtilo para que perdiera la carrera. El auriga cambió los clavos de hierro del carro del rey por unos de cera, de manera que durante la carrera éstos se soltaron y el carro quedó destruido. En el accidente Enómao murió arrastrado por los caballos. Después de la victoria, Pélope mató a Mirtilo arrojándolo al mar y el auriga en su caída maldijo a la raza de Pélope. Hermes lo puso en el firmamento.

















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